El hambre obliga a venezolanos a salir a trabajar, pese a confinamiento

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Los venezolanos corren el riesgo de contagiarse a medida que el hambre impulsa a las familias a violar un confinamiento y salir a trabajar, incluso cuando el número de casos de COVID-19 alcanza nuevos récords.

Los compradores se cruzaron este martes en el centro de Caracas mientras pagaban en tiendas llenas de gente que vendían desde harina de maíz hasta tomates y pasta de dientes.

A pesar de las órdenes de que solo pueden operar negocios esenciales, casi la mitad de los escaparates estaban abiertos, incluidas las zapaterías y los salones de belleza ocultos detrás de persianas medio cerradas.

“Tenemos familias, no podemos seguir así”, asegura Érica, una peluquera de 44 años, con el rostro cubierto por un tapabocas casero. El salón en la calle Urdaneta abrió esta semana después de estar cerrado por dos meses. Solo tenía dos clientes el lunes, en lugar de la docena habitual.

“Intentaremos trabajar hasta que nos obliguen a cerrar”, dijo, y declinó revelar su apellido por temor a represalias del Gobierno.

El número total de casos de virus en Venezuela está entre los más bajos de la región, pero la depresión de seis años de la nación ha dejado a su sistema de salud mal preparado para enfrentar un brote más grande. El Gobierno reportó un aumento récord de 77 casos nuevos el lunes para un total de 618 casos y 10 muertes.

Se ha implementado un confinamiento desde el 17 de marzo, pero a medida que la comida se agotaba en muchos hogares, la gente comenzó a ignorar abiertamente las órdenes. El Gobierno dice que el 85 por ciento del país está cumpliendo con las medidas de cierre, aunque un estudio realizado la semana pasada por la Academia Nacional de Medicina publicado el viernes estimó la cifra en 48 por ciento.

La administración del presidente Nicolás Maduro ha atribuido el aumento de casos a unos 42 mil venezolanos que han regresado de Colombia, Brasil y otras naciones de las regiones desde que comenzó la pandemia.

Una gran tienda de descuento en el popular bulevar Sabana Grande de Caracas, mostraba arroz, pasta y detergente en la entrada, con la esperanza de distraer a las autoridades de su sección de zapatos acordonada, que estaba llena de clientes.

“Ya bajamos a dos comidas al día, y tengo una tía mayor en casa que tengo que cuidar”, asegura Richard Gonzáles, de 56 años, que vendía ramos de flores por 3 dólares cada uno en el centro. “Cada día que me quedo en la casa es otro día de estómagos vacíos”.

Con información de El Financiero

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