Anaquel

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El sur del sur

Por Omar González-García

Después de su prosa solo queda el diluvio final e interminable de un huracán de palabras-daga entrando por la piel hasta la empuñadura. Y el asombro. El asombro por lo visto, lo olido, lo escrito; el asombro por lo leído, por poder seguir ¿vivos?, después de leer, después de leerla. Es Leila Guerriero y son Los suicidas del fin del mundo (Crónica de un pueblo patagónico) editado por Tusquets.

El diablo, ya se sabe, está en los detalles. En los evidentes y en los que hay que armar y el ojo lector de Leila Guerriero (Junín, 1967), los busca, los encuentra, los une y produce entonces crónicas de altísimo registro; monumentos periodísticos, ejemplos de talento, trabajo y buen hacer. ¿Importa el orden o es irrelevante? Si el periodismo es un oficio, Leila Guerriero lo ejerce a plenitud y Los suicidas del fin del mundo (Crónica de un pueblo patagónico) es un excelente ejemplo.

En diciembre de 1999, Las Heras, pueblo petrolero de la provincia de Santa Cruz en el extremo sur continental de Argentina, se prepara para “la borrachera del milenio”, ese confuso episodio temporal, ese extraño fin de época en que “despedimos” un milenio e “inauguramos” otro.

No todos vivirán para contarlo. Juan Gutiérrez, “27 años, sin hijos, buen jugador de fútbol, no vería, de todo eso, nada. (…)el último día del milenio, supo que no quería seguir vivo”. Y así empieza todo. La ciudad es devorada por los veneros de petróleo que escritura el diablo; pueblos que el petróleo arruina, que atrae migrantes; que libera pasiones y desmonta reglas. Una ciudad de viento filoso, de frío que cala; de calles polvosas y casas con faroles que albergan sexo de ocasión. Mientras en galerones, descampados o habitaciones inesperadas o lúgubres la gente, porque sí, porque no, se suicida. Pone fin a su vida, abrupta, inesperada, inevitablemente.

De esos suicidas y ese pueblo visibilizado por la pluma de Leila Guerriero se nutre la trama –sería de pésimo gusto llamarle objeto de estudio— de Los suicidas del fin del mundo (Crónica de un pueblo patagónico), un texto vibrante, reflejo leal de una realidad social y cultural marcada por la indiferencia –la borrachera del fin del milenio llegará puntual—; los prejuicios –“la culpa de todo la tienen ustedes, los porteños”— el horror –“acá la gente naturaliza todo: el embarazo adolescente, el suicidio, la violencia. La gente naturaliza cosas graves”—.

Mientras perpetro esta reseña, Daniel Enis escribe en el grupo de WA: “¿Cuánto más necesitará el hombre para conocer la verdad de lo que oye en los consabidos días de nostalgia, en la temporada de cosecha cuando los roedores devoran las reservas del granero? El viento sopla y nadie sale de los ranchos, no saben si el ojo del huracán ha pasado”.  Como pudo pasar en Las Heras, pienso. Pero pienso que antes de todo –y después de todo— Leila Guerriero lo hará todo, legible, visible; palabras-daga que rasgan la piel, que penetran hasta la empuñadura. Luego viene el asombro, pero no sabemos “…si el ojo del huracán ha pasado”. (Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo (Crónica de un pueblo patagónico), Tusquets, Buenos Aires, 2020, México, 2021, 231 pp.).