Borges y Pacheco

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En el Inventario que el 23 de junio de 1986 publica en el semanario Proceso, José Emilio Pacheco narra con insuperable prosa: En 1921, Henríquez Ureña conoció a un estudiante argentino, Arnaldo Orfila Reynal, que formó parte de la delegación de su país en las Fiestas del Centenario de la Independencia. Orfila Reynal consiguió para Henríquez Ureña un puesto en la Universidad de la Plata y el maestro dominicano se quedó en Argentina hasta su muerte.

Hacia 1925, cuando Jorge Luis Borges estaba por cumplir veintiséis años y ha publicado ya Luna de enfrente e Inquisiciones, llega a la Argentina Pedro Henríquez Ureña que sobre la literatura del joven Borges, señala Pacheco, percibió en ese libro juvenil algo que lo distinguía entre los millares de títulos que se imprimen y se olvidan año tras año. Cita Pacheco a Henríquez Ureña: “Tiene Borges la inquietud de los problemas de estilo; el suyo propio lo revela; a cada línea se ve la inquisición, la busca o la invención de la palabra o el giro mejores, o siquiera de los menos gastados”.

Lo que Pacheco denomina La sintaxis de los afectos, es el primer subtitulo de Borges y la utopía de América, título de ese Inventario construido con la prosa inimitable de Pacheco apenas días después de la muerte de Borges el 14 de junio de 1986; un segundo Inventario fechado el 30 de junio de ese mismo año se titula La enciclopedia Borges y sirve como cierre al homenaje que el escritor mexicano, citado y admirado por Ricardo Piglia tal y como de la lectura del dietario de éste puede colegirse en varias ocasiones, dedica a Borges en el marco de un contexto que va de lo general a lo particular pues dota de sentido el ámbito en que de alguna manera debe entenderse la literatura de buena parte de la mitad del siglo veinte.

Ahora bien, ¿cómo entenderla? Cierto es que Pacheco no lo dice expresamente pero la exposición magistral que en ese par de Inventarios realiza el autor de Las batallas en el desierto permite suponer sin sombra de duda que la creación literaria no puede ser ajena al intercambio de lecturas críticas –que no mordaces— al descubrimiento de obras que debían viajar en barco casi siempre y en no pocas ocasiones con los propios autores, portadores de sus propias novedades. Pese a esta dificultad, las obras circulaban mejor. Hoy, Piglia lo advierte en algún momento de sus diarios y en diversas reflexiones teóricas, circulan los escritores y en menor medida sus obras.

Pese a ello, o por ello, las poéticas de Borges, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Cansinos Asséns y muchos más, se entrecruzaron en diversos momentos y permitieron generar lo mismo influencias que magistraturas. Pacheco mismo no fue ajeno a la existencia de estos círculos virtuosos que generan siempre mejores obras y largas amistades y también, en su momento, enconos diversos.

Con la natural sobriedad que siempre caracterizó su prosa elegante y rotunda, Pacheco no sólo homenajeó a Borges y su prosa sino que ofreció en sendos Inventarios un contexto inigualable del cómo, el cuándo, el dónde y el para qué de una obra que siendo personal deviene universal; de sus fuentes de retroalimentación y sus alcanzables insuperable. Esos alcances no son posibles si se deja de lado el intercambio conceptual o amistoso entre los creadores y el reconocimiento de las capacidades del otro. La palabra humildad define mejor al hombre que la palabra talento que no pocas ocasiones termina asociada con soberbia. No fue el caso de Borges, tampoco el de Pacheco.

Refiriéndose a Borges, José Emilio Pacheco escribe: No hay una página suya que no sea estimulante y no diga algo nuevo, polémico o insólito. Hasta el fin mantuvo su lección ética, ejemplar dentro y fuera de la literatura: la primera obligación de toda persona es hacer bien lo que se hace. Así en sus cuentos y en sus poemas como en sus ensayos, prólogos y notas, Jorge Luis Borges iluminó con la llama sagrada la línea más humilde que salió de sus manos. Lo mismo ha de decirse de Pacheco.

Columnista: Omar González

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