Flujo Mundo Oaxaca de Roberto Rébora llega al MACO

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“La pintura, para mí, es lenguaje, ansiedad por mi propio lenguaje. La necesidad.”
– Roberto Rébora

El 30 de octubre se inauguró la exposición Flujo Mundo Oaxaca de Roberto Rébora en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), con una importante selección de cuadros de la Serie Flujo Mundo que representa una bocanada de aire fresco en una escena dominada por las fórmulas y temáticas habituales de los neomexicanismos. Permanecerá hasta febrero de 2020.

Es considerado un exponente del arte contemporáneo al tratar temas como la relación del
hombre con las redes virtuales. Flujo Mundo, dos sustantivos que parecen opuestos entre sí a pesar de su evidente tautología. El mundo es lo que fluye, el mundo es lo que cambia; sin embargo, permanece estático, en sus giros incesantes, frente a nuestra mirada atónita.

La obra del artista Roberto Rébora está de vuelta, ahora en el MACO, cuya curaduría se
encuentra a cargo de Daniel Garza Usabiaga. El diálogo entre las obras recientes y las anteriores permite descubrir una sucesión de intereses constantes a lo largo de la carrera del autor alrededor del fenómeno de la representación.

A partir de su obra Media Star, que desarrolló durante el periodo que comprende del 2013
al 2018, Roberto continúa su búsqueda del hombre inmerso en las redes de comunicación
virtual, pero ahora también como ente social diluido en su éxodo a través de la tecnología
del internet.

Así, a finales de 2018 comenzó la serie Flujo Mundo, en la que se encuentra
trabajando actualmente, dando nombre a la exposición. Rébora, en estos cuadros, sigue la
estela de Media Star, pero ha flexibilizado las líneas compositivas de sus construcciones
más rigurosas.

En las piezas de esta serie las vibraciones cromáticas irregulares y el dinamismo del
entramado lineal aparecen como campos de fuerzas o flujos energéticos que representan el
sistema virtual, digital y mediático de redes que actualmente coexiste con la realidad
cotidiana. Un juego de luces, colores y líneas que ahora condicionan la presencia humana
y que son el resultado de los últimos seis años de trabajo.

No obstante, al avanzar la serie, la figura humana resurge con mayor claridad, como
sucede en Montaje (2018) y Soltera (2019). Esos atisbos de representación corporal que
rompen con la trama cromática, así como el descubrimiento dentro de esos campos de
energía del momento erótico o del humor, son señales que ponen límites a tales redes de
control y anuncian la posibilidad de resistir y desprenderse de ellas.

Las figuras han reaparecido en cuanto anomalías o evidentes distorsiones de un programa
que tenía como cometido la revelación del instante. La gestualidad retorna con la figura y
lo que antes eran construcciones arquitectónicas precisas se vuelven ahora solicitudes
cromáticas de un bestiario en cuyo centro gravita de nueva cuenta una preocupación por
lo humano.

Plastas de color y anarquía, donde aparecen rostros que no podemos identificar porque
se encuentran tan difuminados o insinuados como literalmente ocurre con los sueños
cuando éstos se recuerdan.

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